A partir de que empezaron a aparecer las impresoras 3D, todos en el mundo gastronómico sabían que era cuestión de tiempo para que llegara la comida elaborada con estos equipos. O, mejor dicho, “impresa”. La primera impresora comercial en 3D data del año 1987 y fue creada por el MIT (Massachusetts Institute of Technology), de Estados Unidos.
Hoy, la comida producida con esta tecnología es una realidad, que empezó a materializarse en 2010, cuando la Universidad Cornell y el French Culinary Institute de Manhattan imprimieron de manera experimental galletitas, queso y puré. La diferencia es que ahora ya existen impresoras 3D que elaboran un plato completo (no solo un ingrediente) y que muy pronto incluso lo podrán cocinar, si es necesario. El objetivo de esta segunda revolución culinaria en marcha es que una receta digital se convierta en un plato comestible.
Existe una empresa española, Natural Machines, que ya comercializa un equipo que puede elaborar platos combinando todo tipo de materias primas que puedan pasar por el pico de la impresora: masas, azúcar, chocolate, carne picada, cereales y frutos secos (todavía no se inventó un modelo que pueda trabajar con alimentos de mayor tamaño).
La gran ventaja de estos equipos está en que se puede dar la forma que se desee a las comidas, ya sean pastas, pizzas, bombones, galletitas, etc., lo que permite su personalización. ¿Te imaginás comiendo un chocolate con la forma y el logo impreso de una compañía? Los restaurantes y empresas de catering son los primeros clientes de las impresoras 3D, mientras esperan con ansiedad que aparezcan las versiones que cocinen, previstas para 2020. Con el tiempo, los expertos aseguran que se van a convertir en los sustitutos de los microondas en los hogares.
¿Te animarías a probar una comida impresa?
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