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Cachafaz: dos teorías sobre el nacimiento de un alfajor de alta gama

Creado en una cocina hogareña, el origen de su nombre tiene dos versiones.

El alfajor es el as de oros de las golosinas criollas. Son varias las marcas que en su momento tuvieron el cetro tácito del mejor alfajor comercial argentino, pero recientemente surgió una marca que pisa fuerte. Se trata de Cachafaz, un alfajor cuyo origen es una historia de pioneros, a la altura de Regina Baena, factótum de Nucha, o de Felipe Fort.

Digna de una leyenda es la idea de Marta Alcaraz quien, a principios de la década de 2000, comenzó a hornear alfajores caseros y otros productos en su cocina doméstica del barrio de Liniers, alfajores que en un primer momento era de maicena.

Según cuenta Facundo Calabró en su estupendo libro En busca del alfajor perdido, Alcaraz no escatimaban materia prima, que además era de buena calidad. Leonardo, Javier y Gastón, hijos de Marta y cultores de un bajo perfil, fueron quienes dieron impulso al ambicioso proyecto de convertir ese dulce doméstico en un negocio de escala, pero sin perder los altos estándares de calidad.

El novel alfajor recibió el nombre “Cachafaz en referencia al bailarín de tango Ovidio José Bianquet, conocido por ese mote, y famoso entre otros motivos por haber participado en la película Tango de 1933. Al parecer, Bianquet había sido una de las figuras predilectas de Alcaraz padre, el verdadero destinatario del tributo”, cuenta Calabró.

Pero más adelante afirma que “el periodista Ernesto Sainz desmiente esta versión y asegura que, en realidad, ‘cachafaz’ era el apodo de uno de los tres hermanos. Sea como fuere, el dibujo del logo representa ni más ni menos que al típico arrabalero, con su pañuelo y su traje bajo el ala del sombrero”.

Es que encontrar un alfajor comercial suculento, fresco, con buenos ingredientes, con algunas honrosas excepciones, no resultaba tarea sencilla. Muchas de las marcas clásicas perdieron “el toque” en pos de la industrialización de sus productos, y el resultado eran alfajores similares, anodinos, secos, insípidos y faltos de personalidad.

En 2005, Cachafaz dio el golpe sobre la mesa lanzando el alfajor de chocolate negro envuelto, al estilo de los que se veían durante los años ‘70, envuelto en un papel plegado dorado y brillante, una riesgosa apuesta retro dentro de un mercado donde hace rato los alfajores venían en envoltorios sellados. Por su turgencia, sabor, frescura y generosidad, se los comparaba a las mejores versiones que había tenido Havanna. También lanzaron una versión recubierta de chocolate blanco.

Sin embargo, Calabró dice que, comparativamente, Cachafaz tiene “una capa de chocolate más gruesa y más intensa, un dulce de leche más denso y acaramelado, y una galleta cuya esencia cítrica tiraba más hacia la naranja o el agua de azahar que al limón, amén de su textura, tan distinta a la tradicional”. En realidad, el gran mérito de esta marca es que supo rescatar del imaginario colectivo el viejo alfajor artesanal que se comía en la infancia y materializarlo en el siglo XXI. Pero además, la marca se apoyó en una silenciosa y paciente campaña de marketing, realizada sin estridencias y basada en el boca a boca.

Hoy Cachafaz se sentó a la mesa de los grandes y goza de buena salud. Actualmente no sólo producen alfajores, sino que tienen una línea de galletitas orgánicas.

¿Probaste los alfajores Cachafaz?

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