Entre las curiosidades gastronómicas, que las hay, y muchas, que se pueden encontrar en el país, se encuentra la edición de un libro singular llamado Cocina Tumbera.
La obra, magistralmente escrita por Fernanda Mejía, licenciada en Comunicación Social y autora de cuentos para niños, se aproxima al tema desde un ángulo sumamente amable.
Mejía cuenta su amistad con Pedro, el marido de una íntima amiga, exconvicto que recorrió numerosos penales, de los cuáles rescató un rico anecdotario.
En cada capítulo la autora mezcla circunstancias de su vida privada con las visitas periódicas que realiza al matrimonio.
Durante esos encuentros, Pedro narra las experiencias como, por ejemplo, su estadía en el penal de Sierra Chica, donde conoció a Tormenta, un presidiario hijo de una reclusa, que jamás conoció la libertad, con quien hacía unos “fideos tumberos” de primera, o las “albóndigas fantasmas” del “Guacho Loria” elaboradas en el penal de Olmos.
También escribe episodios desopilantes, como el día que guisaron a Miau, el gato del Pata Cumbia, o incluso cuando logró comer ostras a la parmesana en el penal de Devoto, en el pabellón de los Jailaifes (léase higlife).
Cada capítulo finaliza con su propia receta, donde los lógicos ingredientes tumberos se repiten (cebolla, ajo, tomate, harina…), combinados con lo que uno pueda “garronear”.
Es una obra breve, directa y humana, que más allá del pantallazo de la lúgubre vida carcelaria, mezcla una gastronomía hija de la necesidad, consuelo del que se ve obligado a vivir entre rejas, con historias insólitas, algunas más edificantes y otras tristes.
El libro, de tapa blanda, fue editado por Sudestada en 2022, tiene 89 páginas y se vende a $ 1.490.
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