Entre los distintos tipos de yerba mate que se producen en el país, la barbacuá ocupa un lugar especial. Su sabor intenso, con notas ahumadas y toques terrosos, la distingue del resto y la conecta directamente con las raíces más antiguas de la tradición yerbatera.
Originario del guaraní, el método barbacuá -también conocido como “secado a fuego lento”- tiene siglos de historia. Los pueblos originarios del Litoral utilizaban estructuras de caña o bambú llamadas barbacuás para secar las hojas de yerba mate con el calor indirecto de un fuego de leña.
Este proceso podía durar más de 24 horas y requería una vigilancia constante para mantener la temperatura justa: suficiente para eliminar la humedad, pero sin llegar a quemar las hojas.
El resultado era una yerba con un perfil aromático muy particular. A diferencia del secado industrial con aire caliente, más rápido y neutro en sabor, el método barbacuá impregna la hoja con un sutil gusto a humo que evoca el fuego, la tierra y el monte. Esa es precisamente su magia: cada mate cuenta una historia que huele a leña encendida y rescata los orígenes artesanales de la infusión más argentina.
Actualmente, varias cooperativas y marcas recuperan esta técnica ancestral, combinándola con procesos modernos de molienda y estacionamiento natural. Así logran una yerba más redonda, de sabor persistente y con una identidad que remite al pasado.
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