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Vinos jóvenes, de guarda y de altura: qué los diferencia y cuándo elegir cada uno

Vale la pena conocer o repasar estos conceptos para aprovechar al máximo el potencial de cada botella.

El vino puede decir mucho más que su etiqueta. Detrás de cada copa hay una historia que involucra tiempo, geografía y decisiones enológicas. Entre los términos más comunes -y a veces más confusos- aparecen tres conceptos clave: vino joven, vino de guarda y vino de altura. Conocer sus diferencias ayuda a entender mejor el mundo del vino y a elegir la botella perfecta para cada ocasión.

¿Qué es un vino joven?

Los vinos jóvenes son aquellos que se elaboran para ser disfrutados poco tiempo después de su cosecha. No pasan (o lo hacen muy brevemente) por barrica, y su encanto está en la frescura, la fruta y la simpleza.

En nariz suelen ser intensos, con notas que recuerdan a frutas rojas, flores o hierbas, y en boca resultan ligeros y fáciles de beber. Son ideales para consumo cotidiano, para acompañar comidas sencillas o como aperitivo.

Un ejemplo clásico son los tintos jóvenes de Malbec o Bonarda que buscan capturar el carácter primario de la uva, sin que el paso del tiempo modifique su perfil.

Vino de guarda: el valor del tiempo

Cuando se habla de un vino de guarda, se hace referencia a aquellos que tienen estructura y potencial para evolucionar positivamente con los años.

Estos vinos suelen pasar por barricas de roble -donde adquieren complejidad, aromas a vainilla, cacao o tostados-  y luego continúan su maduración en botella. Con el tiempo, los taninos se suavizan, los aromas se integran y aparecen matices más profundos.

Son vinos que invitan a esperar y descubrir cómo cambian con los años, pensados para momentos especiales o para quienes disfrutan de seguir su evolución.

Vino de altura: el paisaje en la copa

Los vinos de altura, en cambio, se definen por su origen geográfico. Son aquellos cuyas uvas provienen de viñedos ubicados a más de 1.000 metros sobre el nivel del mar, como los de los Valles Calchaquíes o algunas zonas de Mendoza.

La altitud influye en la amplitud térmica, la maduración y la concentración de aromas. El resultado: vinos con gran frescura, acidez equilibrada y una expresión aromática intensa, donde se perciben notas florales y frutales más nítidas.

Más allá de su categoría temporal, el vino de altura es una forma de reflejar el terroir y el trabajo de quienes cultivan en condiciones extremas.

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