La historia de la copa Melba (Pêche Melba en francés) tiene su origen muy lejos de los bodegones porteños. Fue creada a fines del siglo XIX en Londres por el legendario chef Auguste Escoffier en honor a la soprano australiana Nellie Melba: una combinación sencilla y elegante de duraznos frescos, helado de vainilla y una salsa de frambuesas. Un postre francés, refinado y pensado para mesas aristocráticas.
Pero Buenos Aires siempre tuvo la capacidad de apropiarse de recetas ajenas y convertirlas en propias. Y la copa Melba no fue la excepción. Aunque no nació acá, se volvió un clásico absoluto de los bodegones, templos del exceso dulce y de las porciones generosas. Con el paso del tiempo, la versión local adoptó ingredientes más accesibles y hábitos propios de la alacena porteña.
En su libro Morfi Porteño, las periodistas Silvina Reussman y Cayetana Vidal hacen referencia a esta argentinización del postre: “En Buenos Aires se convirtió en un postre típico de bodegón y como se servía todo el año se utilizaban duraznos en almíbar de lata, infaltables en toda casa porteña. Con los años, esta copa devino en otras, aún más dulces, recargadas y exuberantes que podían traer ensalada de frutas, una banana entera, helado, un baño de chocolate, obleas y, por supuesto, la cereza al Marraschino para coronar la decoración”.
La copa Melba porteña terminó siendo, entonces, una reinterpretación total: más grande, más dulce y más festiva. Una celebración del exceso, heredera directa de la tradición bodegonera que entiende al postre como un momento de abundancia y alegría compartida. Y aunque su origen sea francés, pocas cosas resultan tan familiares en una mesa porteña como esa copa gigante, coronada por crema chantilly y una cereza.
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