El misterio Michelin: cómo trabajan sus inspectores y qué fue lo que más los sorprendió en sus recorridas en este 2025

Los expertos anónimos que pueden definir el destino de un restaurante cuentan sus experiencias más notorias del año.

Durante años, el trabajo de los inspectores de la Guía Michelin estuvo rodeado de un aura casi mítica. Se sabe poco de ellos, casi nunca dan la cara y, sin embargo, sus decisiones pueden cambiar el destino de un restaurante.

Parte de ese prestigio se sostiene, justamente, en el misterio: comen de incógnito, pagan siempre la cuenta y evalúan con los mismos criterios, sin importar si están en París, Dubai o Barcelona.

Formados en grandes escuelas de hotelería, con experiencia internacional y dedicación full time, los inspectores recorren el mundo bajo una regla inquebrantable: observar lo que recibe cualquier comensal común.

Nada de tratos especiales, nada de avisos previos. La independencia, la homogeneidad de criterios y la actualización constante son pilares que explican por qué la guía mantiene su peso simbólico más de un siglo después.

Las sorpresas que encontraron los inspectores Michelin

Pero incluso para ojos entrenados -acostumbrados a platos excepcionales y escenarios memorables-, hay momentos que logran sorprender. Durante 2025, algunos encuentros se destacaron por su creatividad, su teatralidad o simplemente por lo inesperado.

En Dubai, por ejemplo, una comida en Teible, dentro del Jameel Arts Centre, terminó con un postre preciso y desconcertante: una pequeña escultura de un perro, idéntica a un Pug, que resultó ser una mousse de chocolate de sabor perfecto. El engaño visual fue total, pero lo verdaderamente memorable fue que la técnica no eclipsó el placer.

Algo similar ocurrió en Irlanda, en The Pullman, donde la sorpresa no llegó sólo desde el plato sino desde el contexto. Cenar dentro de vagones originales del Orient Express, restaurados con una fidelidad casi obsesiva, fue como atravesar un portal temporal. El entorno imponía, pero la cocina -centrada en el producto local- estuvo a la altura del escenario, sin quedar relegada a un simple acompañamiento.

En Barcelona, la sorpresa tomó forma de juego sensorial. En Disfrutar, un camarero invitó a introducir la mano en una caja humeante, atravesando vapor frío y cierta incomodidad inicial. Lo que apareció fue una gamba de Palamós cocinada con mucha precisión, acompañada por una crema intensa. 

París también tuvo su momento inesperado en Imperial Treasure, donde el plato insignia -el pato pekinés- se convirtió en una experiencia completa. Trinchado en la mesa con destreza quirúrgica, piel crocante, carne cortada en láminas finísimas y un segundo servicio aprovechando cada parte del ave

No todas las sorpresas llegaron desde la cocina. En el Aria Budapest, cada ascensor tiene su propia banda sonora según el ala del hotel; en el Hotel Heritage, la presencia inesperada de George Clooney en las instrucciones de la cafetera aportó una cuota de humor en medio del lujo clásico; y en Sextantio Le Grotte della Civita, dormir dentro de una cueva convirtió la noche en una experiencia, casi primitiva, donde la oscuridad y el silencio fueron parte del descanso.

Al final, el recorrido deja una idea clara: más allá de estrellas, llaves y distinciones, los inspectores de Michelin siguen buscando lo mismo. Coherencia, técnica, emoción y esos detalles, a veces mínimos, a veces teatrales, que transforman una comida o una estadía en algo difícil de olvidar.


Author: Martina

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