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Maldición o bendición, el debate sobre la exportación de alimentos

La opinión de una diputada del Frente de Todos disparó infinidad de críticas de representantes del campo argentino.

Por Luis Lahitte

En recientes declaraciones, la diputada argentina Fernanda Vallejos, del Frente de Todos, afirmó en un tuit: “Tenemos la maldición de exportar alimentos, de modo que los precios internos son tensionados por la dinámica internacional. Es imperioso desacoplar precios internacionales y domésticos, ya que los domésticos deben regirse por la capacidad de compra (en pesos) de los argentinos”.

El enfoque de la legisladora oficialista despertó críticas en muchos referentes y obliga a una pregunta: ¿cómo es la radiografía comercial de la Argentina en materia de exportación de alimentos?

Según un estudio del Instituto de Estudios Económicos de la Sociedad Rural Argentina, Argentina está tercero en el ránking de exportaciones netas, con u$s 32.000 millones de dólares. Nuestro país es el primer exportador mundial de aceite y harina de soja, yerba y porotos, el segundo de maní y el tercero de maíz, soja, girasol y peras. Además, somos el cuarto exportador de cebada cervecera, y el quinto de carne bovina, camarones, langostinos, té negro y leche en polvo.

Entonces, ¿ser un importante exportador de alimentos es realmente una maldición, como afirma Vallejos? “Al contario, es una bendición”, dice a Cucinare Luis Urriza, exsubsecretario de Agricultura de la Nación durante la gestión de Mauricio Macri. “El mundo, de alguna manera envidia a los países productores de alimentos. India, China, Estados Unidos y Europa, que son importadores, en buena medida basan sus estrategias económicas en conseguir alimentos lo más barato posible. Nosotros tenemos que ser proveedores globales, servir la mesa de otros países”, cuenta el exfuncionario.

Respecto a las declaraciones de Vallejos, Urriza fue contundente: “Si en vez de producir, por ejemplo, maíz en la Argentina, tuviéramos que importarlo, hoy en pesos estaríamos pagándolo el doble”.

Ante la pregunta de si Argentina no debería pensar en incorporar valor agregado a sus commodities, Urriza responde: “Estamos en ese camino. Te doy un ejemplo. Nosotros exportamos carne, que tiene un importante valor agregado, ya que para producirla hace falta generar forraje, granos, y mano de obra para la faena y el packaging, entre otras cosas. Lo mismo sucede con la harina y el aceite de soja. Hay mucho valor agregado en la cadena primaria. Tenemos que avanzar en ese sentido con el biodiésel y el etanol”.

Finalmente, Urriza deja dos conceptos que dan para pensar: “La agricultura contemporánea no es la de hace 50 años. En la Argentina seguimos anclados a una visión industrialista, que en algunos aspectos está muy bien, pero hay que tener en cuenta que los países hoy venden tecnología, conocimiento y servicios

“En segundo lugar, hay que tener en cuenta que el campo argentino está constituido por pymes y genera un 30% de la mano de obra del país. Y entre un 70% y un 80% de la producción agropecuaria es familiar; hay que desprenderse del paradigma caduco de la oligarquía vacuna”. Urriza concluye diciendo que la Argentina es el país que más impuestos le cobra al sector agropecuario, cuando en el mundo sucede lo contrario y en muchos países se le inyecta capital al sector.

Por su parte, Hernan Palau, profesor de la Facultad de Agronomía de la UBA, nos dice que “siempre que hay un aumento de precios internacionales de las materias primas hay un impacto en la economía local; eso es cierto, es una realidad. Pero, ¿cuál es la naturaleza real del problema? El problema es que en la Argentina hay una pobreza estructural que hace que buena parte de la población no tenga dinero para pagar esos productos. Entonces, lo que habría que hacer, en vez de poner retenciones o bloquear exportaciones, es concentrarse en ver cómo se generan puestos de trabajo dignos y con valor. Porque en el país un 40% de la población activa recibe algún tipo de ayuda del Estado.

Palau termina diciendo que “el condicionamiento del agro mediante retenciones y bloqueos es pan para hoy y hambre para mañana. Porque en primer lugar el hombre de campo no recibe dólares por sus productos, sino pesos, y estas medidas restrictivas no incentivan la producción. Al contrario, se invierte cada vez menos en producción y tecnología, lo que a la larga trae más pobreza”.

¿Qué te parece el tuit de la diputada Vallejos?

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