Si la pandemia se convirtió hasta ahora en la mayor crisis para el sector gastronómico argentino en su larga historia, está claro que lo que viene no garantiza la luz al final del túnel.
Porque el reciente anuncio del presidente argentino Alberto Fernández de un cierre total de la actividad económica durante 9 días (a partir del sábado 22 de mayo a las 00:00) es un escalón más en el descenso a los infiernos que viven los empresarios del sector desde que se decretó la primera cuarentena, el 20 de marzo de 2020.
A más de un año de ese primer cierre, la sensación para los dueños de bares, restaurants, pizzerías, cafeterías, heladerías, y demás establecimientos del sector es de una profunda frustración, como si estuvieran jugando al Juego de la Oca y tuvieran que regresar al casillero de salida.
Nadie tiene la certeza de que estas medidas sean excepcionales como las describió Fernández en su mensaje del jueves por cadena nacional, habida cuenta de los antecedentes del año pasado, cuando la cuarentena se renovaba cada 15 días, como una especie de plazo fijo.
Esta vez, la situación que le toca vivir a todo el sector gastronómico, en cuanto a las actividades que todavía pueden realizar, sólo se limita a ofrecer sus productos en dos modalidades: delivery y take away, sin ingresar al local.
Por un tiempo, las sillas de todos los establecimientos quedarán patas para arriba, hasta que se pueda volver a recuperar un mínimo de normalidad. Mientras tanto, los bares, restaurants y demás establecimientos seguirán atravesando este insólito período de darwinismo puro, es decir, de supervivencia del más apto.
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