En los últimos años, el hongo melena de león se convirtió en uno de los ingredientes más curiosos y buscados por quienes aman explorar nuevos sabores.
Este hongo -de nombre científico Hericium Erinaceus– crece sobre troncos de árboles y se distingue por su aspecto inusual: un cuerpo redondeado cubierto de filamentos blancos que recuerdan a una melena esponjosa. Pero su atractivo no es sólo visual: en la cocina, su textura firme y su sabor suave, con notas que remiten a los frutos de mar, lo transforman en un ingrediente muy versátil.
Originario de Asia, el melena de león se utiliza desde hace siglos en la medicina tradicional china, donde se le atribuyen propiedades que benefician la memoria, la concentración y el sistema inmunológico.
Actualmente la ciencia occidental empezó a interesarse por sus compuestos bioactivos -hericenonas y erinacinas- que podrían favorecer la regeneración neuronal. Más allá de los laboratorios, lo cierto es que este hongo ganó fama en el universo gastronómico por su perfil saludable: es bajo en calorías, rico en proteínas y fuente natural de antioxidantes.
Si hay una regla básica para preparar hongos melena de león, es tratarlos con respeto. Como cualquier hongo, no se lava bajo el agua, ya que absorbe humedad, sino que se limpia con un paño apenas húmedo. Una vez limpio, puede cortarse en rodajas gruesas o desmenuzarse con las manos, según la receta.
La forma más simple de cocinarlos es dorarlos en una sartén caliente con aceite de oliva o manteca hasta que tomen un tono dorado y bordes crocantes. Su carne esporosa absorbe sabores con facilidad, por lo que una pizca de sal marina, ajo picado o un toque de salsa de soja bastan para realzar su umami natural.
Respecto a su textura, recuerdan a una vieira o mollejas tiernas, lo que los hace ideales para quienes buscan una experiencia vegetal sin renunciar a la sensación de morder “carne”.
Estos hongos tienen un sabor muy delicado pero muy versátil a la vez que puede llevarlos a protagonizar todo tipo de platos: desde un risotto preparado con vino blanco y parmesano hasta tacos con verduras y alioli con mucho limón.
En versiones más simples, funcionan como topping de una tostada con ricota y hierbas frescas, o salteados con manteca, tomillo y un toque de cítrico para acompañar carnes o pastas.
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