Leer con moderación: por qué el vino debe defenderse del intento por asociarlo con enfermedades mortales

¿Hay un lobby contra el vino? Nuestro columnista responde en detalle sobre el tema que altera a la industria vitivinícola mundial.

Por Alejandro Maglione

Nadie desconoce que el consumo excesivo de alcohol está totalmente desaconsejado por los médicos y el sentido común.

Las consecuencias, para los médicos son varias y todas fatales: cáncer de páncreas, colon o hígado; y otras enfermedades.

Esta tendencia llevó a los eurodiputados a avanzar en una legislación europea que, de haber triunfado, hubiera obligado a que las botellas de vino vengan con alertas como las que se colocan en los cigarrillos, al estilo “Fumar mata”, con fotografías escalofriantes de las consecuencias del consumo de tabaco, que este caso serían del vino.

Hace mucho tiempo que las bodegas nucleadas en Bodegas de Argentina, participan de un programa mundial que se denomina “Wine in moderation”.

En otras palabras, el mensaje es claro y contundente: beba moderadamente.

Lo que no quiere decir que un dipsómano no vaya a abusar del consumo de alcohol por más advertencias, inevitablemente antiestéticas, que haya en la botella.

La iniciativa partió de una Comité Especial Para Derrotar al Cáncer, que funciona dentro del Parlamento Europeo.

El debate científico no viene al caso en este espacio, sobre todo porque hay más de 2.000 estudios que demuestran acabadamente los beneficios para la salud del consumo moderado de vino (nótese que no se habla específicamente de alcohol).

Es más, hoy la moda gastronómica llama a consumir buena cantidad de los alimentos fermentados, con enormes beneficios para la digestión.

Y ¿qué es el vino? No otra cosa que el jugo fermentado de la uva.

No vamos a levantar banderas a favor ni en contra del consumo del alcohol destilado, ni opinar sobre el libre consumo de bebidas como el vodka, que llega a los 70° de alcohol.

Ni hablar de las otras bebidas usuales en los países nórdicos, que sirven como paliativos a las rudas temperaturas invernales. Dejemos eso en manos de los expertos en destilados, que los hay y muy buenos.

Los que llegamos a adultos mayores estamos saturados de informes donde se identifica a tal o cual producto como promotor del cáncer en el organismo.

Luego, casi siempre, aparecen los que elaboran el producto en cuestión y desenmascaran que los “estudios científicos” se realizaron sobre ratas que se les había hecho consumir 100 veces lo que es normal por un humano y a veces aún más.

Fueron notorios en algunos edulcorantes, primero prohibidos y luego permitidos.

Los países europeos productores históricos de vinos reclaman lo que dijimos antes: que no se trate al vino como si fuera simplemente un alcohol destilado.

No vamos a hablar de los polifenoles y tantos otros componentes del vino que han sido comprobados como poderosos antioxidantes, pletóricos de beneficios para la salud humana.

Varios habrán comprobado que un guiso grasoso u otra comida con abundante materia grasa, si es acompañada de un vino, la digestión es mucho más fácil y amable.

La relación beneficiosa del vino frente a la grasa se ha demostrado en la dieta mediterránea.

En regiones donde se come el foie gras, potentes embutidos, guisos enjundiosos, sus habitantes sometidos a análisis de colesterol, por ejemplo, presentaban índices normales, que contradecían la teoría del efecto inevitablemente dañino de una dieta abundante en grasas.

Jorge Luis Benítez, director de la Federación Española del Vino, tiene una opinión formada sobre la opinión del comité en cuestión: “El informe, entre otras lindezas, dice que no hay consumo seguro de alcohol, es decir, una gota ya serviría para producir cáncer”.

Lo cual, sin demasiado saber científico, el sentido común indica que es una exageración.

Y refuerza Benítez sus argumentos para no actuar con ligereza en el tema: “Es el sector que genera el producto más exportado fuera de Europa”.

Rápidamente, opinadores europeos de todos los colores creen percibir el accionar de las bebidas sin alcohol batiendo el parche en contra del vino.

Incluso hicieron nombres de gaseosas que se querrían recuperar de los daños por los ataques que han sufrido al considerárselas grandes sembradoras de enfermos de diabetes con sus productos azucarados.

En nuestro país el tema ni se toca, salvo en esa acción de Bodegas de Argentina de la que hablamos al comienzo y que viene de muchos años atrás.

Sí hay preocupación en tanto que el vino se viene perfilando como un producto de exportación exitoso, que tiene en Europa, particularmente Inglaterra, como uno de sus principales destinos.

Pero el tema local que preocupa a la industria es la política de “Tolerancia Cero” al alcohol.

Los números no mienten: el aumento del consumo de bebidas no alcohólicas en las provincias que se aplica, ha sido meteórico.

Vaya uno a saber por qué somos tan solidarios los argentinos, que si el que conduce no puede beber alcohol, pareciera que no lo bebe nadie. Pero los datos son irrefutables.

No hay elementos, fuera de las presunciones que generan los números, que indiquen la mano artera de las oscuras multinacionales –según sus enemigos– de las bebidas sin alcohol.

Creo que los factores culturales jugaron un papel importante para que el absurdo no crezca. Y estos factores culturales incluyen los religiosos.

El vino, para los cristianos, no es una cuestión frívola para tratarla a la ligera. Y una tira de asado es difícil que la comamos acompañada de agua o bebidas saborizadas.

Hay algo que el vino no debe hacer: quedarse callado. Y recuperar la apelación que viene de tantos años: el vino es salud. Y punto.


Author: Alejandro

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