Historia del mantel, una costumbre en peligro de extinción

La tela que hace de base de muchas mesas tiene una interesante trayectoria. Por qué se está dejando de usar.

Por Luis Lahitte

Extender el mantel sobre la mesa y poner encima la vajilla y los cubiertos es una operación rutinaria que se hace en muchos restaurantes y hogares. Sin embargo, ese rito automático que aún realizan los contemporáneos tiene muchos siglos de historia. Pero quizás esté en período de extinción…

Cuenta Manuel Balanzino, en su La historia del mantel y la servilleta, que “los galos y romanos ya usaban manteles de lino en tiempos del Imperio Romano, algunas veces teñidos de colores. Como dato curioso, cabe señalar que los invitados llevaban sus propias servilletas o mappae. Los vikingos, algo más rudos, disponían de sacos de cereal para quitar la suciedad de la mesa durante las copiosas comidas.”, concluye el investigador.

A continuación, el autor afirma que “en la Edad Media, los manteles decorados con bordados y flecos cobraron relevancia y se utilizaban frecuentemente. Se convirtieron en objeto de genuina veneración, debido a que eran una marca de nobleza”. Dice la leyenda que Carlomagno usó un mantel hecho de asbesto (sí, ya existía en esa época), para cenar con invitados bárbaros, y luego de finalizado el ágape lo arrojó al fuego para sorprender a los comensales. Parece que usó ese material ignífugo como un truco para convencerlos acerca de sus infalibles poderes.

En el Medioevo y el Renacimiento era de rigor tener los manteles y servilletas de un blanco inmaculado, porque cuanto más limpios y blancos estaban, más alto era el rango del anfitrión (lo mismo se aplicaba para la ropa blanca). En la época donde no había quitamanchas no lavarropas, el blanco níveo era un símbolo de estatus, porque para lograrlo había que contar con mucha mano de obra, es decir, lavanderas y sirvientes dedicados al efecto.

Los procedimientos de limpieza empleados en aquellos tiempos hoy sonarían extraños: por supuesto que limpiaban rigurosamente la mesa antes de poner el mantel (generalmente de lino), pero una vez usado lo limpiaban en cubas con primitivas lejías, cenizas realizadas a partir de maderas e incluso ¡orina! El planchado en caliente ya se usaba en el Medioevo tardío, con rodillos de madera y planchas metálicas calentadas al carbón.

Después de la Primera Revolución Industrial, cuando se empezaron a producir textiles en serie, el mantel se volvió algo común en casa de la alta burguesía y de las nacientes clases medias. Con el colapso de la economía de 1929, las amas de casa se vieron obligadas a cuidar los dineros y a confeccionar los manteles en sus hogares a partir de las telas que compraban en los también noveles grandes almacenes. Para compensar la tristeza de la depresión, las telas con colores brillantes y estampados fuertes se hicieron muy populares.

En los países beligerantes, durante la Segunda Guerra Mundial, tanto telas como tintes tuvieron una oferta muy limitada. El resultado fueron manteles que no eran tan coloridos como los que se hicieron en los años 30. Los colores vibrantes, la textura y los diseños audaces posteriores a la Segunda Guerra Mundial regresaron una vez que se terminó la escasez.

Durante la década de 1950 apareció un nuevo material sobre la mesa: el hule, amado y odiado por igual. Originalmente era un lienzo cubierto de pintura, utilizado como revestimiento de piso, pero después mutó a un paño de vinilo unido a una tela de algodón, tejido resistente al agua, la decoloración y las manchas.

A partir de la década de 1970 se produjo otro fenómeno: el comienzo de la disgregación del modelo de familia tradicional. ¿Qué tiene que ver ese fenómeno con el mantel? Que las familias comenzaron a abandonar la mesa como espacio de reunión diario. Ya no era necesario tender la mesa para cuatro, seis u ocho personas. Y esa amenaza al mantel hogareño se está materializando hoy.

Además, los individuales de plástico, hule u otros materiales son más funcionales tanto para el almuerzo y la cena, resultan fáciles de limpiar y guardar. Actualmente el mantel por lo general se reserva para cuando vienen visitas, pero no por ello ver una mesa bien servida, cubierta por un mantel elegante deja de ser un regalo para los ojos.

Curiosamente hace ya dos lustros que en algunos restaurantes la vajilla se pone directamente sobre la mesa, sin mantel ni individual. Es posible que tenga que ver con la tendencia imperante (que trajo la Bistronomie bajo la máxima de “todo en el plato, nada en la mesa”), de abaratar costos prescindibles.

Cucinare consultó a Jean-Paul Azema, cocinero franco-argentino de gran trayectoria, director honorario de la Escuela de Gastronomía Mariano Moreno. Al respecto dijo: “Los costos de blanquería son importantes (aunque sean propios o se alquilen). Cubres, manteles y servilletas, que hay que cambiar permanentemente hacen una cifra relevante para la operación del restaurant, así que si uno elimina los dos primeros, se está ahorrando un dinero”.

“Lograr una atmósfera igual de elegante, pero más informal también permite lucir la mesa, sobre todo si esta es linda. No obstante es raro encontrarse con la mesa desnuda, sin nada. Por lo general no falta el individual con la servilleta”, concluye el galo.


Author: Lahitte

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