Restaurants, adultos mayores y tecnología: reflexiones sobre un vínculo que la pandemia volvió complicado

El acceso al menú desde el celular es uno de los espacios donde se despliega esta problemática, en un país con más de 7 millones de adultos mayores.

Por Alejandro Maglione

No se vaya a pensar que el autor de la nota se ha visto afectado por el encierro pandémico y su interés se ha desviado hacia el manejo de las estadísticas poblacionales. Nada de eso.

Es ver cómo transcurren las semanas, los meses y demasiados restaurants están con un comportamiento semejante al de aquel almacenero, que levanta sus persianas, se pone su delantal y se para frente a la puerta a esperar que entren los clientes… Confían en que los clientes vuelvan sin casi realizar ninguna acción para atraerlos. Casi como diciendo: “El cielo proveerá”.

Uno observa las páginas web u otras redes sociales y son las mismas de antes de la pandemia. ¿Y con eso qué? Pregunta el dueño del restaurant parado en la puerta a la espera de que vuelvan sus clientes. La respuesta es reiterativa: muchas cosas volverán a ser como antes, pero muchas más cambiarán. Hoy más que ayer, hasta los adultos mayores nos animamos a mirar páginas web en nuestros celulares.

Y entonces sucede que las viejas páginas, sin aggiornamiento, resulta que la información que dan es vieja, quizás hasta inútil, con el agravante que el añejo formato hace que la lectura en un celular se vuelva una tarea poco menos que imposible.

Las letras se muestran exageradamente chicas con los viejos formatos no pensados para celulares. Esto significa que leer un menú se vuelve un ejercicio de dedos que llevan y traen la página, donde para llegar al precio de un plato termina en un vano deslizar de dedos sobre la pantalla.

Como no queda elegante tomar una lupa para ver el teléfono –ni siquiera portarla, es apropiado– se recurre al truco tecnológico de agrandar los textos a dedazo limpio. Con lo que en engorro para leer es todavía mayor.

Esta falta de innovación simple y sencilla deja fuera de la franja a aquellos que a duras penas han logrado aproximarse a la tecnología celular para algo más que hablar por teléfono.

Pareciera que la batalla contra el código QR en las mesas se va ganando. Los restaurants van evolucionando a menús más cortos y los presentan, en muchos casos, en cómodas páginas plastificadas que el mozo repasa con un paño desinfectante al momento de entregarla y vuelve a hacerlo luego que se la devolvió el cliente.

Se hizo y se hace mucho camino al andar en estos tiempos de la pandemia, de donde es perfectamente disculpable que, a la hora de redactar protocolos, adultos NO mayores, cedan a la tentación de poner en funcionamiento al malhadado código QR, tan útil para otros menesteres, pero con limitaciones para este asunto del menú encriptado.

Los aforos de ocupación, sumados a las limitaciones horarias, han mantenido en el mercado la costumbre de los comensales de ayer convertidos en clientes del servicio a domicilio, que quieren comer la comida de sus restaurants favoritos, para no sucumbir a las pizzas y empanadas que eran tan bienvenidas, y seguramente lo seguirán siendo, en el pasado reciente.

Esto vuelve a generar la necesidad de páginas de información amigables. Accesibles. Legibles. Actualizadas. Y con toda la mayor información posible para atraer a los clientes.

El economista Juan Carlos de Pablo, en sus charlas actuales con empresarios, reitera un concepto que suena a vetusto, pero es MUY actual: “Atiendan bien el mostrador”. (Qué simples suenan las grandes verdades).

Atender bien el mostrador significan muchas cosas. No poner un número de atención que suena interminablemente sin que lo atiendan. Significa leer y responder los mensajes que se dejan en las páginas web, Facebook o lo que sea. Significa apuntar a la fidelización y recurrencia del cliente.

No son pocos los que todavía no entienden la necesidad de aplicar el concepto de “adquisición de un cliente”. En Buenos Aires es excepcional que un restaurant le pida al cliente que, a la hora de pagar, si está satisfecho, deje una dirección de e-mail para comentarle novedades del lugar que podrían interesarle.

Cuando alguien reclama no haberse enterado de que en determinado lugar se hizo “la semana italiana”; o no haberse enterado que se habían propuestos menús especiales para días con descuentos. No, cualquier observación será respondida: “Estaba en nuestra página de Facebook”. O peor aún: “Lo publicamos en nuestro Instagram”. Con lo cual la conclusión es fácil: “Si no lo leíste, no es mi culpa”.

¿Se perdieron clientes con este “no hacer”? Peor para ellos.

La verdad es que hay 7.300.000 adultos mayores que esperan que piensen en ellos. Que, a pesar de sus magras jubilaciones, tratan de mantener la costumbre de salir a comer afuera para socializar con los amigos o la familia, al tiempo que cambian un poco el paisaje del interior de sus casas o departamentos donde han sido confinados hasta que la vacunación llegue a su término.

Cerremos con una visión esperanzadora: el barrio porteño de Devoto se está transformando lentamente en un nuevo distrito gastronómico. Esta es la de cal. La de arena es: los vecinos están quejosos porque alterarán la calma del barrio. El discípulo favorito de Freud era Carl Jung, que decía: “Lo que no es reconocido se convierte en destino”.


Author: Alejandro

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